lunes, 15 de octubre de 2012

Viento ábrego







Capítulo 1.
La mujer mantiene fuertemente sujetas sus manos en los asideros de madera del pesado arado al tiempo que lucha contra la larga falda de su vestido que se enreda entre sus piernas a cada paso .
El viento del suroeste se deja notar en la fría tarde de invierno y consigue que escapen algunos mechones de su cabello que mantiene sujeto con un pañuelo negro atado en la parte superior de su cabeza.
Por fortuna para ella, el invierno ha sido generoso en lluvias y la tierra se encuentra bastante humedecida ahorrándole el molesto polvo que ocasiona el arado cuando esa misma tierra está hambrienta de agua.
Llega al final del surco y su mirada se dirige hasta el sol, bien visible ante la ausencia de nubes y que en aproximadamente media hora desaparecerá por el horizonte.
Da por concluida la jornada y desprende el pesado arado de la grupa del animal. El relincho de la mula castaña consigue arrancarle una sonrisa y le propina unos cariñosos golpes en uno de sus flancos.
Después busca en el abrigo de una pequeña mata el zurrón que contenía su comida para la jornada y lo cuelga de su hombro junto al pequeño cántaro con agua. Sujeta a la mula por la brida y emprenden juntas el camino de regreso a casa antes de ser sorprendidas por la oscuridad de la noche.
Dedica una última mirada al pedazo de tierra para hacer sus cálculos y llega a la conclusión de que todavía necesitará el día siguiente para dejar arado el campo en toda su extensión. El tiempo apremia y es conveniente comenzar la siembra cuanto antes.
El camino por el que van es abrupto y sinuoso, los alcornoques y las encinas dan paso poco más tarde a los extensos jarales y las zarzas que amenazan con estrechar más todavía el camino de por si tasado para permitir el paso de un animal y una persona.
Salen por fin a la llanura abandonando la sierra y a la luz incierta del atardecer puede observar la columna de humo que le indica la proximidad del hogar.
La Piedra Alta se alza orgullosa entre alcornoques y encinas, los enormes cañaverales que flanquean el pequeño riachuelo también son visibles desde la distancia y acelera el paso animando con una palmada a la mula que imprime de inmediato más rapidez a su paso cansino.
Ya en plena llanura enfila un camino más ancho y cuidado, totalmente alisado y flanqueado por árboles frutales, restos de jara y matas pequeñas de encina. Un kilómetro antes de llegar a la casa de piedra y a unos metros del camino se sitúa una modesta casa de adobe cuya chimenea lanza el humo en línea recta hasta el cielo.
Deja la brida de la mula y golpea la vieja puerta de madera esperando pacientemente que se abra. Tardan unos minutos en hacerlo y cuando lo hacen lo primero que ve son los ojos azules del hombre encorvado sobre si mismo y que ha menguado más de dos cuartas en su estatura original.
-¿Ya terminaste, Julia?.
-Sí, me voy para casa, ¿qué tal te has encontrado, Maximiliano?.
-Como siempre, ha soplado hoy el ábrego con ganas, ¿verdad?.
-Sí, menos mal que la tierra está húmeda y no ha levantado ventisca, me voy , no quiero llegar de noche.
Abre el zurrón que lleva colgado al hombro y extrae un pedazo de pan con un trozo de tocino en su interior acercándolo hasta el hombre que mueve pesaroso la cabeza en un gesto de negación.
-!Vamos, Maximiliano, cógelo¡.
-Trabajas todo el día como un animal y compartes conmigo tu comida, no es justo.
-Yo soy joven y estoy fuerte, cena y descansa.
Se despide de él presionando su brazo enjuto en el que ya no queda casi rastro del hombre fuerte y vigoroso que conoció. Su antaño formidable fuerza es ahora una extrema debilidad y sus brazos son puro hueso y piel.

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200 comentarios:

  1. Capítulo 2.
    El hombre espera en la puerta hasta casi perder de vista a la muchacha. Sus ojos a los que en su día nada se le escapaba tienen ahora dificultades para ver a lo lejos y maldice por enésima vez la enfermedad que casi acaba con él a pesar de no haber cumplido todavía los setenta años.
    Sin embargo y a pesar de sus dificultades visuales agudizadas en los los últimos tiempos, si puede reconocer a lo lejos la silueta majestuosa de La Casa Pedralta.
    El frío seco entumece sus manos y lo obliga a resguardarse en el interior de la casa de adobe. Sentado frente al fuego da buena cuenta de la generosa porción de pan que Julia le ha entregado y se deleita saboreando el tocino de la reciente matanza.
    Antes era él quien se encargaba de sacrificar los cerdos que algunos años podían ser hasta cuatro o cinco los animales que durante casi todo el año habían engordado para tal fin.
    Este año y ya van varios, tan sólo consiguieron dos lechones a los que a duras penas consiguieron sacar adelante a base de bellotas disputadas a los hambrientos campesinos que en muchos casos sólo contaban con ese alimento para subsistir.
    Nunca antes sintió la mordedura del hambre en sus carnes y ahora a su decadencia física tiene que añadir la escasa alimentación que consigue muchas veces gracias a la generosidad de las muchachas que se quitaban el bocado de su boca para llevárselo a él a escondidas.
    Contaba con unos escasos diez años de edad cuando llegó a esta tierra a la que tanto ha llegado a amar. Sus padres eran jornaleros temporales que recorrían toda Andalucía recolectando aceituna y llegaban al final de la cosecha hasta Ciudad Real puesto que aquí la recolecta de la aceituna se retrasaba más que en las provincias andaluzas por el clima más frío que retrasaba la maduración del fruto hasta casi principios de Marzo si la cosecha era abundante.
    Corría por aquel entonces el año 1838 y don Perfecto Hidalgo Hervás se fijó en el nervioso chaval que se subía a las ramas más altas de los olivos trabajando sin descanso pese a su corta edad.
    Era Maximiliano el segundo de siete hermanos y ya era consciente de la necesidad de ayudar a sus padres para alimentar a la numerosa prole que cada dos años más o menos se veía aumentada por la llegada de un nuevo miembro.
    No hicieron ascos sus padres a la propuesta del terrateniente para que el segundo de sus hijos se quedara a trabajar en la hacienda de forma permanente a cambio de comida y una pequeña cantidad de dinero que les sería entregada a final de año si el chaval cumplía con su cometido.
    Ya sabía don Perfecto que sería así, tenía un ojo clínico para detectar a los buenos trabajadores y el nervio desplegado por el niño ya le daba una idea de lo que sería en la edad adulta.
    Así fue como el pequeño desharrapado se separó de su familia para nunca más volver a formar parte de ella.
    La Pedralta era una finca con una extensión de unas mil doscientas hectáreas y con un terreno que abarcaba toda la orografía imaginable. La mayor parte del terreno era llano aunque salpicado de gran cantidad de piedras que daban nombre a la propiedad.
    Por ese motivo no era raro encontrar numerosos montículos de piedra perfectamente construidos que los lugareños llamaban majanos y que servían como refugio a los incontables conejos que se reproducían a una velocidad endiablada y paliaban el hambre de grandes y pequeños durante gran parte del año.
    El niño Maximiliano fue a parar a las cuadras de la casa donde compartiría espacio con las mulas y camastro con otro pequeño mozo de una edad parecida a la suya al que apodaban el flaco, un niño delgado y vivaracho cuyo flequillo parecía una visera porque siempre lo llevaba disparado y lleno de remolinos que lo convertían en ingobernable.
    El otro pequeño se llamaba Eleuterio y los dos niños se convirtieron durante los años siguientes en inseparables compañeros de fatigas y penalidades.
    Ya trabajaba en la casa un joven criada que se llamaba Engracia y que tomó bajo su cuidado a los dos rapaces que le producían una enorme ternura a pesar de sus innumerables quejas.

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  2. Capi 3.
    Engracia a pesar de haber cumplido recientemente los dieciocho años parecía tener muchos más y desde los once años llevaba al servicio de la familia como criada para todo.
    Esta muchacha lo mismo sirve para un roto que para un descosido solía decir doña Juana la madre de don Perfecto. La mujer ya de edad avanzada apenas podía valerse por sí misma y era la joven Engracia la que también se ocupaba de su cuidado amén de otras muchas tareas de la casa.
    Por ese motivo no tenía tiempo casi nunca de pararse a descansar y solía mirar socarronamente a los dos nuevos trabajadores moviendo la cabeza divertida.
    “¿Ha visto doña Juana los mozos que se ha agenciado don Perfecto?”
    “Hacen más bulto sus nombres que ellos mismos, arreglados estamos”
    Doña Juana asentía divertida a los jocosos comentarios de la irreverente Engracia que no se mordía la lengua ante nada ni ante nadie. Infatigable trabajadora, honrada y leal, la muchacha suponía para la mujer postrada en la silla un soplo de aire fresco.
    Y su muerte supuso para ella el primer golpe duro que la vida le dio. Porque por primera vez en su corta vida alguien le había ofrecido algo de ese afecto que nunca recibió anteriormente.
    Abandonada al nacer, su vida se limitó a peregrinar de hospicio en hospicio hasta que a los once años la rescató doña Juana que buscaba una chica jovencita para que entrara a trabajar a su servicio y al mismo tiempo poder moldearla a su gusto.
    Y así sucedió en los siguientes años, solo que se encontró con el inconveniente de que la niña del hospicio tenía su propio carácter y no permitía que la mangonera nadie por mucha señora que fuese.
    Aun así aprendió todo lo que sabía de manos de una doña Juana que se veía reflejada en la niña inquieta y nerviosa que no paraba quieta un sólo instante. La enseñó a cocinar, a repasar y remendar la ropa y sobre todo a mantener la casa más limpia que la patena como le gustaba decir.
    Doña Juana era viuda desde muy joven y sólo le dio tiempo a traer al mundo a su hijo Perfecto cosa que lamentaba profundamente porque le gustaban mucho los niños pero que tuvo que aceptar como algo irremediable.
    Cuando Engracia llegó a la casa no tardó mucho tiempo en enterarse de los entresijos que se cocían entre esas cuatro paredes. La vieja criada que en realidad ya estaba la pobre para que la sirvieran a ella la puso al tanto de todo lo que debía saber, y sobre todo de lo que debía callar.
    Don Perfecto se había casado unos años antes con una señorita muy fina de la capital y fruto de ese matrimonio era el pequeño Bosco que ahora no se encontraba en la casa al hallarse estudiando en un internado de los monjes capuchinos en Ciudad Real pero que regresaba en junio a La Pedralta hasta casi finales de septiembre.
    La inocente pregunta de la niña al interesarse por el paradero de la madre le valió el primer pescozón de la vieja criada.
    No vuelvas a mentar nunca más a esa harpía en esta casa le dijo, no si quieres quedarte trabajando aquí.
    La pequeña Engracia no volvió a preguntar más sobre eso pero poco a poco fue atando cabos y sus oídos siempre alerta fueron captando poco a poco retazos de conversaciones sueltas entre doña Juana y su hijo.
    A eso se unieron las maldiciones de la vieja criada cuando aireaban la habitación principal que al parecer había pertenecido al joven matrimonio. Esas maldiciones subían de tono especialmente al abrir los armarios y encontrarse con los elegantes vestidos y tocados que al parecer en su precipitada marcha no le dio tiempo a llevarse con ella.
    A los seis meses de llegar a la casa ya estaba al corriente de lo sucedido sin necesidad de preguntar a nadie.
    La esposa de don Perfecto llegó recién casada a La Pedralta, nueve meses más tarde alumbró al pequeño Bosco y seis meses después abandonó la casa dejando allí casi todas sus pertenencias incluido al niño que quedó al cuidado de su abuela y de la mujer que lo había amamantado desde su nacimiento.

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  3. Capi 4.
    Atiza los rescoldos de la lumbre Maximiliano al tiempo que se pregunta el porqué de ese regreso al pasado. Posiblemente sea como dice Engracia la cercanía de la muerte que los vuelve más sentimentales y al olvidar los acontecimientos recientes, retornan una y otra vez a su lejana juventud.
    Al mediodía precisamente ha recibido la visita de la vieja criada. Cada dos días se pasa por la casa de adobe a pesar de las regañinas que recibe por parte del hombre al que tanto duele verla todavía activa a sus años.
    De nada sirven sus argumentos conminándola a guardar un merecido descanso tras toda una vida trabajando sin respiro. Su respuesta siempre es la misma “Los dos han trabajado por igual y ahora que él está enfermo no permitirá que también esté abandonado”
    Mira la pequeña botella de cristal con el vino añejo en su interior y sonríe al recordar cómo la sacó de su refajo al tiempo que le dirigía un guiño cómplice.
    -Bébetelo todo, Maxi, el vino refuerza la sangre.
    -No deberías haberlo hecho Engracia, te buscarás un problema con doña Luz.
    -No le tengo miedo a esa zorra engreída y menos a estas alturas.
    El hombre no replica a su exabrupto y observa con sorpresa el nuevo envoltorio que aparece ante sus ojos como por ensalmo. Engracia desenvuelve el papel de estraza y le muestra orgullosa el reluciente trozo de tocino salado y una cuña bastante generosa de queso curado.
    -Guárdalo en la alacena y te lo vas comiendo despacio, no sé cuándo pueda traerte comida de nuevo, también conseguí un poco de pan aunque está mas duro que una piedra.
    -No debiste....las muchachas también me traen lo que pueden.
    -Es su obligación ¿quién les ha dado de comer todos estos años?
    -Son jóvenes y necesitan alimentarse para poder trabajar en buenas condiciones.
    -Mañana coceremos pan, todavía nos queda algo de harina, para la próxima quincena ya veremos qué hacer.
    Maximiliano se aventuró a acompañarla unos metros cuando abandonó la casa. Los últimos cuatro meses permaneció postrado en la cama y apenas lleva dos semanas caminando unos metros cada día sin perder el equilibrio.
    Un velo de tristeza empaña sus ojos al constatar los estragos que el paso de los años ha ocasionado en la mujer dura como el pedernal. Aun así todavía sus pasos son firmes aunque mucho más lentos que en el pasado.
    Sigue ocupándose de la casa con mano de hierro, mantiene la despensa cerrada bajo siete llaves sobre todo en los últimos tiempos en que la comida ha escaseado y conserva el respeto reverencial de todas las Hidalgo, desde la mayor, hasta la más pequeña de ellas.
    Lamenta los choques que de manera continuada mantiene con doña Luz y a los que siempre trató de poner remedio mediando entre ellas.
    “No te molestes Maxi, entre esta haragana pretenciosa y yo, jamás puede haber entendimiento de ninguna clase “
    Y así ha sido durante gran parte de su vida. La muerte de doña Josefina hundió a Engracia en la más absoluta oscuridad y acrecentó el odio visceral que ya sentía anteriormente por su hermana Luz.
    Odio que trataba de ocultar ante doña Josefina para no verla sufrir pero que a la muerte de ésta salió a la superficie como un torrente de agua incontrolado.
    Él muchas veces la tachaba de injusta porque ella no era responsable de la muerte de su hermana. Trataba de hacerla entrar en razón por el bien de todos los habitantes de la casa, especialmente por las niñas que por aquel entonces aún eran pequeñas sobre todo Mariana que contaba con cinco años de edad.
    Cuando llegó doña Luz a La Pedralta unos días antes de alumbrar su hermana Josefina a la mayor de sus hijas. Los aires de superioridad que se gastaba la hermana de la señora les parecieron hasta divertidos. Fue pasado el tiempo y en vista de que no pensaba marcharse cuando el divertimento pasó a convertirse en otra cosa bien diferente.

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  4. Capi 4.
    Don Bosco había permanecido estudiando fuera de allí hasta los veinticuatro años. En principio parecía que su vida la realizaría lejos de la finca familiar dedicado exclusivamente al oficio para el que se había preparado.
    Tras largos años de estudio quemándose las pestañas entre tanto libro como le reprochaba cariñosamente Engracia. Don Bosco permanecía en Ciudad Real la mayor parte del año atendiendo sus múltiples obligaciones como Registrador de la Propiedad.
    No sentía el joven la tierra de igual forma que lo hacía su padre y para él La Pedralta no significaba su principal fuente de sustento. Le gustaba ir a pasar unos días porque era su casa pero era un hombre más de ciudad que de campo.
    Era don Bosco un hombre de una exquisita educación y una gran sensibilidad. Interminables eran las discusiones que mantenía con su padre sobre las condiciones de trabajo de los empleados de la finca en las que siempre conminaba a su progenitor para que introdujese mejoras en esas condiciones y se les diera un trato más humano.
    No era don Perfecto un ogro ni nada que se le pareciera pero la educación recibida por parte de su madre y las condiciones más duras en las que le tocó vivir hicieron de él un hombre duro. Dureza acentuada por el abandono de su mujer y que le convirtió en un amargado que volcaba todas sus energías en el trabajo.
    Escuchaba a su hijo sabiendo en el fondo que le asistía la razón y admirando su extraordinaria bondad. Desde que murió su madre él era la única familia que tenía y amaba a su hijo con una fuerza tal que a veces le producía temor.
    Corría el año 1862 cuando un eufórico Bosco les anunció durante la tradicional cena de Noche Buena que pensaba contraer matrimonio la próxima primavera con una señorita de buena familia a la que llevaba cortejando un tiempo y que finalmente había consentido en ser su esposa.
    Los asistentes a la cena se le quedaron mirando con una mezcla de incredulidad y regocijo encabezados por su padre.
    Hacía ya muchos años que se sentaban todos a la mesa en esa fecha tan señalada a iniciativa de don Bosco. Se negaba el joven a cenar solo con su padre esa noche desde el fallecimiento de su abuela y así fue como se unieron a ellos Maximiliano y Eleuterio que ya eran dos hombres hechos y derechos y que eran los únicos junto a Engracia que trabajaban y vivían en La Pedralta de forma permanente.
    Engracia se paró en seco al escuchar sus palabras con la fuente de barro en sus manos conteniendo el exquisito asado de Noche Buena. Se recuperó de la impresión y siguió sirviendo los platos aunque no le pasó desapercibida la mirada que le dirigió don Perfecto.
    -¿Y quién es ella, hijo?
    -Se llama Josefina Covaleda Frías y pertenece a una respetable familia de Ciudad Real, espero que a la pedida de mano tenga a bien acompañarme, padre.
    -Por supuesto hijo mío, cuenta con ello.
    Nada más se habló del tema durante la cena y el silencio pareció instalarse sobre ese particular sin que nadie osara formular la más mínima pregunta.
    Fue algo más tarde cuando don Bosco, Maximiliano y Eleuterio salieron a la fría noche de diciembre como hacían todas las Noches Buenas armados con sus zambombas y desgañitándose cantando villancicos cuando don Perfecto al fin se dignó hablar.
    -Deja eso Engracia, siéntate aquí conmigo.
    Ella se secó las manos en su inseparable delantal a regañadientes y tomó asiento junto a don Perfecto en la gran mesa de madera rústica que ya había despejado por completo al término de la cena.
    -¿No tienes nada que decir sobre lo de Bosco?.
    -¿Qué puedo decir.....? Desear que tenga suerte, nada más.
    -Tengo miedo por él, Engracia,a veces sueño que la historia se repite.
    -No tiene porqué, se merece como poco una persona a su lado tan buena como lo es él.

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  5. Capi 6.
    Efectivamente, la prometida de Bosco pertenecía a una de esas familias de rancio abolengo a las que pareciera que había que rendir honores por el simple hecho de aspirar a la mano de una de sus hijas.
    Ante el empeño de Bosco y don Perfecto para que los acompañase a Ciudad Real el día de la pedida de mano. Engracia no tuvo más remedio que rebuscar en los armarios para ver si encontraba alguna prenda un poco decente con la que ir vestida.
    Finalmente encontró un vestido que perteneció a doña Juana y que no era otro que el vestido que mandó que le confeccionaran con motivo de la boda de don Perfecto.
    Era el único de color que tenía la señora en su guardarropa ya que durante casi toda su vida vistió de negro en calidad de viuda. Pero el día de la boda de su único hijo lució un precioso vestido en color gris acero encargado al taller de la mejor modista de Ciudad Real con unos ribetes de cristal tallado en el escote y el borde de las mangas que le daban vistosidad a la prenda.
    Cuando esa misma noche se presentó ante don Perfecto con el vestido en sus manos y con la idea de recabar su opinión respecto al hecho de tomarlo prestado. Don Perfecto lo reconoció de inmediato y no pudo reprimir la risa al ver la cara de circunstancias de Engracia.
    -Verá.....he pensado que ya que se han empeñado en que les acompañe “que no sé qué pinto yo allí”......
    -Formas parte de nuestra familia Engracia ¿te parece poco todo lo que haces por nosotros?
    -Simplemente cumplo con mi obligación don Perfecto.
    -No...haces mucho más y tanto mi hijo como yo queremos que estés a nuestro lado.
    -¿Y cómo piensan presentarme ante gente tan fina?
    -Tú eres la gobernanta de esta casa y como tal asistirás a la pedida de mano y a la boda.
    Ante la imposibilidad de eludir el compromiso y comprendiendo que ellos dos se sentirían muy solos. Engracia le preguntó si le parecía bien que se ajustase el vestido de su madre para ese día antes de que se lo comiera la polilla.
    Su contestación fue la de siempre, lo que ella decidiera le parecería a él bien y no tardó en ponerse manos a la obra aprovechando las noches en las que la tranquilidad reinaba en la casa para a la luz del candil ir quitando los pequeños cristalitos de los bordes e ir depositándolos uno a uno en un pequeño recipiente de loza.
    El vestido le quedaba ancho porque doña Juana era una mujer de gran corpulencia y al menos un palmo más alta que ella. Los adornos tampoco le parecían apropiados para una mujer humilde como ella y guardó un trocito de tela para hacerle un encargo a Bosco aprovechando su próxima visita a la casa.
    Quiero que me busques en alguna mercería cuatro palmos de cinta de raso en el mismo color que esta tela que te voy a dar le dijo al flamante Registrador de la Propiedad que la miraba como si se hubiera vuelto loca.
    -Pero..Engracia, eso es cosa de mujeres ¿cómo quieres que vaya yo a hacerte ese encargo?
    -Escúchame jovencito, he perdido la cuenta de los mocos que te he limpiado a lo largo de mi vida, no creo que te metan en la cárcel por cumplir un encargo como este.
    Argumentos que lo convencieron como todos los que ella le presentaba desde siempre. A pesar de ser tan sólo cuatro años mayor que él,a veces la sentía como si fuese su madre y se veía incapaz de llevarle la contraría.
    A la semana siguiente regresó con el encargo y le mostró orgulloso la bonita cinta de raso que consiguió no sin pasar ciertos sofocos por lo poco habitual que era ver a un hombre cumpliendo menesteres propios de mujeres.
    Pero allí estaba el encargo que no tardó mucho tiempo en adornar el escote y las mangas del vestido en el mismo lugar donde antes lucían los llamativos cristalitos.
    Ante el espejo de la habitación principal, Engracia se miraba una y otra vez incrédula por el resultado de más de una semana de trabajo. El vestido le quedaba como un guante y resaltaba su bonito cuerpo que ella mantenía siempre oculto.

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  6. Capi 7.
    Pero hoy esa figura que apenas se dejaba vislumbrar bajo sus ropas oscuras y holgadas se había convertido al enfundarse el vestido de doña Juana en una figura armoniosa, de líneas depuradas y perfectamente delimitadas.
    El arreglo del vestido también consistió en quitar vuelo a la amplia falda para hacerla más discreta y el resultado satisfactorio que le devuelve el espejo refleja bien a las claras que ha conseguido su objetivo.
    Busca en uno de los baúles alguna prenda para poner sobre sus hombros ya que la boda será a finales de primavera y el tiempo puede jugarles una mala pasada. A veces casi hasta finales de Mayo suele sorprenderles algunas de las inesperadas tormentas tan habituales por aquellos lares y que traen acarreado un frío muy parecido al del invierno.
    Encuentra un chal de seda negra adamascada que don Perfecto le trajo como recuerdo de su viaje de novios a París y que doña Juana nunca usó no fuera a traerle mal fario como gustaba decir por si lo había elegido la que fue su nuera.
    Lo pone sobre sus hombros y comprueba que el resultado es de su agrado. Ese día pedirá a Gertrudis que la peine con uno de esos moños que tan bien se le dan a la muchacha y ruega mentalmente para que todo transcurra bien y a la mayor brevedad a ser posible.
    Se desprende del elegante vestido y lo coloca cuidadosamente sobre la cama de la habitación principal junto al chal al que más tarde dará un repaso con la plancha de hierro.
    También se quita las botas que Bosco le trajo unas semanas antes y no puede evitar sonreír al pensar en el rato que debió pasar buscando unos zapatos de mujer del número treinta y cinco.
    Eran unos zapatos negros abotinados con unos cuatro centímetros de tacón y que le llegaban más arriba del tobillo donde se abrochaban con tres botones en uno de los lados.
    El día que Bosco le preguntó si ya tenía preparada su ropa, Engracia lo tranquilizó asegurándole que se quedaría boquiabierto cuando la viera tan elegante aunque tenía un pequeño problema.
    -¿Qué problema es ese, Engracia?.
    -Verás...no tengo zapatos, he estado probándome algunos de doña Juana pero en uno de ellos puedo meter yo los dos pies.
    Consiguió arrancarle la risa y al mismo tiempo escandalizarlo por si le daba por presentarse con unos zapatos que fuese perdiendo al caminar.
    -Deberías acompañarme a Ciudad Real, allí puedes comprar todo lo que necesites, te lo regalo yo.
    -¿Ir a la capital?, ni lo sueñes.
    -Pero mujer...necesitas calzado.
    -Cómprame tú unos en alguna zapatería y asunto arreglado.
    Ni se molestó en poner ningún tipo de objeción a su propuesta ya que tenía la certeza de discutir en balde y se limitó a visitar varias zapaterías hasta encontrar los botines que le parecieron más bonitos y que por cierto hicieron que se iluminara su mirada cuando los vio.
    Pocas cosas conseguían conmoverla y los bienes materiales la dejaban indiferente. Pero al probarse los botines y abrocharlos ciñendo sus tobillos, sus ojos le dedicaron una mirada llena de gratitud.
    Comenzó a caminar por la enorme cocina que hacía las veces de comedor y aunque al principio los tacones le daban inseguridad, pronto les cogió el tranquillo y el contoneo de su cuerpo y su pose afectada provocaron una incontenible hilaridad en el joven Bosco.
    Hilaridad que se contagió a don Perfecto que en ese momento hacía su entrada y se encontró con el espectáculo.
    -¡Dios mío! Pareces otra Engracia.
    La mujer se paró en seco y decidió poner punto y final a la exhibición abandonando la estancia con un fingido ataque de amor propio aunque a su espalda las risas continuaron cada vez más fuertes.
    Y por fin llegó el día de la boda que contrariamente a las previsiones catastróficas de Engracia, amaneció radiante y luminoso como preludio de felicidad para el nuevo matrimonio.
    La ceremonia fue oficiada por dos sacerdotes en la catedral y a ella asistieron una ristra de hombres y mujeres perfectamente emperifolladas que la dejaron con la boca abierta.

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  7. Capi 8.
    Tras la ceremonia religiosa se trasladaron junto al nuevo matrimonio todos los invitados a la boda. El convite se celebró en los jardines de la casa familiar de los padres de ellas y la observadora Engracia llegó a dos conclusiones inapelables.
    La primera fue que mucha ceremonia, mucha pompa y boato, pero perras, pocas.
    La segunda y más importante fue la buena impresión que le causó la esposa de Bosco. Un ángel rubio llena de ternura y bondad que al igual que le sucedía a él, no podían ocultar la dulzura que llevaban en su interior.
    La familia le gustó entre poco y nada. La madre y las tías eran unas remilgadas de mucho cuidado, sensación acrecentada cuando el día anterior a la boda y antes de la cena previa a la pedida de mano. Doña Luisa Frías le indicó a Engracia que en su calidad de empleada debería cenar en la cocina como correspondía.
    No permitió ni a don Perfecto ni a Bosco que expresaran ningún tipo de protesta y se dirigió a cenar a la vieja cocina de la casa que aunque habían tratado de hacer un lavado de cara en los días previos a la boda, se notaba claramente que conoció tiempos mejores.
    No participó con las demás criadas del servicio de la cena en el comedor principal y permaneció cenando en silencio en la cocina teniendo buen cuidado de no mancharse su flamante vestido gris y admirando todavía deslumbrada sus preciosos botines de tacón.
    Al término de la pedida de mano se dirigió junto a don Perfecto y Bosco hasta la casa que tres años antes había adquirido para su hijo en pleno centro de la ciudad.
    Era un edificio de sólida piedra gris repartida en dos plantas con grandes ventanales a la calle y allí sería donde el nuevo matrimonio comenzaría su vida en común.
    Sabía Engracia que tanto el padre como el hijo estaban tremendamente avergonzados con el comportamiento de doña Luisa y la incomodidad se reflejaba claramente en sus rostros y en su comportamiento.
    Se sientan los tres en el espacioso comedor y permanecen en silencio durante unos interminables minutos interrumpidos por don Perfecto que se levanta y se dirige hasta el mueble donde su hijo tiene los licores.
    -Vamos a brindar nosotros con una copita de vino dulce, ¿te apetece Engracia?
    Ella asiente con la cabeza y lamenta la desagradable situación creada durante la cena y que sabe el daño que ha causado, sobre todo a Bosco.
    Conociéndolo como lo conoce, sabe que está molesto y al mismo tiempo con una gran impotencia ¿qué hacer en una situación semejante?
    -Lo siento mucho Engracia, esta noche me he sentido profundamente avergonzado por la actitud de mi suegra, espero que me perdones.
    -Yo nada tengo que perdonarte a ti, es más, no tienes porqué avergonzarte de algo a lo que tú eres ajeno.
    -No lo somos Engracia, ni Bosco ni yo debimos permitir que se te tratase de la forma en que lo hicieron.
    Engracia mira sorpendida a don Perfecto que en ese momento se acerca con una copa de delicado cristal tallado con un ribete dorado que lanza destellos en todas direcciones. Pone la copa en su mano y la llena hasta la mitad.
    -Bébelo, no ha estado bien nuestro comportamiento, de ninguna manera lo ha sido.
    -¿Hubiera preferido enfrentarse a la señora un día antes de la boda?
    -No hablo de enfrentamiento, pero me callé de manera cobarde y tú no mereces eso.
    -Soy una simple criada don Perfecto, no lo olvide.
    Bosco también acepta la copa que le ofrece su padre y bebe en silencio meditando sobre lo que quiere preguntar a la fiel criada. Tampoco él está de acuerdo con el comportamiento de su suegra pero esperará hasta después de la boda para tomar junto a Josefina las riendas de sus vidas.
    -¿Qué te ha parecido la familia de mi futura esposa, Engracia? y quiero la verdad.
    -La verdad......¿qué verdad?

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  8. Capi 9.
    -La verdad Engracia, la impresión que te han causado.
    Don Perfecto la observa expectante a la espera de que se pronuncie y aunque él ya tiene una opinión formada no quiere interferir en la de ella.
    Más de veinte años en su casa a donde llego siendo prácticamente una niña han hecho que sienta por ella un afecto fraternal. Pero más allá de eso sabe perfectamente la fidelidad que les guarda y tiene muy en cuenta su opinión casi siempre acertada.
    Por ese motivo escucha sin parpadear su exposición en la que no hay lugar para el disimulo. Es lo que realmente ha percibido y sentido, lo que sale por su boca.
    “En primer lugar quiero decir que me extraña que pidas mi opinión, Bosco. Sabes perfectamente que no soy mujer que adorne las cosas y puedo resultar sangrante.
    Pero una vez que quieres que te diga lo que pienso, pues ahí va. Pueden tener apellidos ilustres, pertenecer a la alta sociedad y todas esas cosas que al parecer son tan importantes en el círculo en el que se mueve esta gente.
    Todo eso puede ser cierto pero la realidad es otra bien distinta. No tienen dónde caerse muertos y tratan de disimularlo desesperadamente.
    No tienen dinero, tan sólo tienen esa casona que en realidad amenaza ruina y nada más. Se sienten superiores a ti pero se guardarán muy mucho de hacértelo ver. A tu padre lo consideran un destripaterrones que no está a la altura de sus altas expectativas pero que tiene algo que ellos necesitan, dinero.
    No quiero meter cizaña, nada más lejos de mi intención, Bosco. Pero una vez dicho esto, también te digo que una vez casado te desvincules de esas sanguijuelas.
    La señorita Josefina me ha causado una impresión magnífica, creo que seréis muy felices.
    El silencio parece hacerse más denso entre los tres cuando Engracia termina su exposición. Sin embargo saben que ha dado en el clavo en todas cada una de sus opiniones.
    Sospechó Bosco que su futura familia política no tenía más que fachada cuando le pidió a Josefina poder hablar con sus padres para que autorizasen su boda. Las exigencias de su madre le parecieron desproporcionadas y pudo comprobar que el padre era tan sólo un convidado de piedra en aquella casa.
    Viejo y enfermo. Don Fernando Covaleda se limitaba a asentir a las proposiciones de su esposa que cada vez le parecían más indignantes al pretendiente que asistía atónito a las pretensiones económicas de la buena señora.
    Más de una vez estuvo tentado durante el transcurso de la conversación de levantarse y abandonar la reunión cortando por lo sano una situación que le parecía surrealista totalmente.
    Doña Luisa Frías enumeró durante largo rato las condiciones que debía cumplir si quería convertirse en su yerno.
    En primer lugar exigió que el novio debía hacerse cargo de todos los gastos, absolutamente todos los gastos que acarrease la celebración del matrimonio.
    Por supuesto también sería él quien tendría que procurar el hogar familiar totalmente equipado con las condiciones a las que su hija estaba acostumbrada.
    Finalmente solicitó que se hiciese cargo del gasto del ajuar de la novia que sería encargado a una prestigiosa firma de la capital.
    No le gustó en absoluto la forma en que se conducía la madre de su prometida y comprendió que si quería casarse con Josefina tendría que hacer frente a un importante desembolso económico.
    Sólo el amor que le tenía a la dulce joven impidió que abandonase la reunión en la que una pretenciosa mujer venida a menos le exigía el cumplimiento de algo que por lógica le correspondería a ellos.
    Quince días antes de la boda le llegó la factura del ajuar de su prometida y casi se cae de la silla a causa de la impresión recibida.


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  9. CAPI 10.
    La factura incluía ropa de cama y de baño de la mejor calidad. Ropa interior femenina, enaguas y camisones.
    Tres vestidos de verano y tres de invierno. Zapatos y bolsos, sombreros y tocados junto al vestido de novia de Josefina.
    En otro apartado venían dos vestidos de ceremonia para doña Luisa, el traje de padrino de don Fernando y otros tres vestidos acompañados de sus respectivos tocados y zapatos para la señorita Luz, hermana de Josefina.
    El importe de la factura sobrepasaba con mucho el presupuesto de Bosco y lo sumió en una difícil situación. Tuvo la impresión de haber sido atracado y lo que era más grave, se habían burlado de él tomándolo por un completo imbécil.
    Comprobó que Josefina era ajena a las sucias maniobras de su madre y tomó la decisión de seguir adelante con el compromiso que había adquirido con ella.
    Se sinceró con su padre al que no le quedó más remedio que acudir para que saliese en su auxilio y hacer frente a los desorbitados gastos. Se mostró avergonzado y por primera vez en su vida sintió la mordedura del rencor y la cólera.
    Encontró comprensión en don Perfecto que hubiera dado la vida por su hijo aunque sin perder de vista que su pobre muchacho había puesto el huevo en la cesta equivocada como le gustaba decir a su difunta madre.
    Entre los dos liquidaron la cuenta con la casa de modas y al mirarse después de haber hecho el desembolso, no pudieron por menos que romper a reír aunque en el fondo se sintieran como dos auténticos primos.
    Todo eso lo ignoraba Engracia ya que Bosco tenía la seguridad que de haberse enterado antes hubiera sido capaz de desbaratar la boda.
    Tanto trabajar en condiciones duras, luchando contra las condiciones adversas de los fenómenos meteorológicos y enterrados prácticamente en la tierra que les da su sustento para que viniera una señorona y les pegara el sablazo de su vida haciendo que desapareciesen todos sus ahorros.
    Llegan los dos al acuerdo de ocultarle esta circunstancia a la fiel criada aunque si le dieron la razón cuando la noche antes de la boda les expuso en toda su crudeza lo que ella opinaba y que ellos ya sabían de antemano.
    La invitación posterior a la ceremonia religiosa si contó con la presencia de Engracia entre los invitados. Seguro ya Bosco de que nada podía impedir la nueva situación derivada al contraer matrimonio con Josefina, se enfrentó a doña Luisa por primera vez.
    Lo abordó de manera discreta haciendo un aparte con él en un apartado rincón del jardín y cuidándose mucho de que el resto de invitados los escuchasen.
    -Perdóneme Bosco...pero esa criada de ustedes se ha negado a abandonar la invitación cuando así se lo he requerido.
    -Me tendrá que perdonar usted a mí doña Luisa, Engracia se limita a cumplir mis recomendaciones.
    -¿Qué recomendaciones son esas?
    -Muy sencillas, yo le pedí encarecidamente que permaneciera aquí como la invitada que es.
    -Esto es humillante, no saben dar su lugar a la servidumbre y me discúlpara pero en mi casa mando yo.
    -Y en mi vida lo hago yo, señora.
    -Es usted un grosero al que no pienso tolerar una sola impertinencia más.
    -¿Y qué piensa hacer....acaso va a comunicar a sus distinguidos invitados que no pueden hacer frente ni siquiera al convite de la boda de su hija?.
    El modo cortante en el que su flamante yerno se dirige a ella y la severa mirada de advertencia que éste le lanza rebosado ya con creces el vaso de su paciencia, consiguen lo que parecía imposible.
    Doña Luisa Frías se retira de su lado con la cabeza alta en señal de dignidad luciendo el carísimo vestido de seda rosa que él se vio obligado a pagar.

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  10. Capi 11.
    Una secreta alegría inundó internamente a la humilde Engracia al contemplar la defensa que de su persona hizo Bosco frente a doña Luisa. Toda su vida dedicada a ellos bien merecía esa defensa aunque se tratase de una simple sirvienta.
    No se inmutó cuando la señora pasó a su lado dedicándole una mirada venenosa y despectiva, al contrario, se afanó en probar los deliciosos aperitivos servidos por el mejor restaurador de la ciudad e incluso se atrevió con un vino espumoso que le sabía a gloria y que al parecer procedía del mismísimo París.
    Por un día logró convertirse en la princesa que nunca fue, ni sería. Sujetando con su mano la pequeña cola de su vestido gris paseó altiva tratando de mantener el equilibrio sobre sus flamantes tacones al tiempo que departía con algunos invitados que ignoraban totalmente su condición de criada.
    Los recién casados comenzaron su nueva vida en la casa de Ciudad Real pero todos los fines de semana sin excepción se trasladaban a La pedralta para disfrutar de sus hermosas vistas y la tranquilidad que se respiraba en todos y cada uno de los rincones de la enorme propiedad.
    En esos primeros meses descubrió Engracia a la mujer que era Josefina, cierto que era muy joven y esa juventud se reflejaba en muchos de sus actos.
    Sin embargo la nueva señora era dulce y compasiva. Se preocupaba especialmente por don Perfecto que por entonces comenzó a sufrir los primeros síntomas de la enfermedad que le llevaría un año más tarde a la muerte.
    Por Engracia sentía un respeto y un afecto que conmovieron profundamente a la criada ganándose inmediatamente su cariño incondicional.
    No se explicaba la joven señora de dónde sacaba la energía para llevar una casa tan grande. Tenerlo todo a punto a cualquier hora del día, preparar la comida para ellos y para los mozos que trabajaban allí de forma permanente y nunca un gesto de cansancio o de hastío.
    Engracia por su parte podía comprobar la felicidad permanente del joven matrimonio y sus miradas cómplices que no podían disimular por mucho que lo intentasen.
    Felicidad tan sólo ensombrecida por la enfermedad de don Perfecto, el hombre fuerte y trabajador que siempre habían conocido languidecía lentamente ante sus ojos sin que pudieran hacer nada por evitarlo.
    Cuatro meses después de la boda, Josefina descubrió que estaba embarazada y buscó a Engracia para comunicarle una noticia que ni siquiera había confiado a su propio marido.
    A sus padres y a su hermana tampoco les había hecho partícipes de la buena nueva. La relaciones con ellos se habían enfriado de manera notable a raíz de su boda sin que ella supiera muy bien a qué era debido.
    Comprobó horrorizada que su madre detestaba a su marido, así se lo había hecho notar en las escasas ocasiones en las que se dignó visitarla en su nueva casa y siempre la visita era por un motivo muy concreto, solicitarle dinero.
    Las primeras veces accedió a darle ese dinero sin contar con la aprobación de Bosco. Lo hizo a escondidas hasta que fue descubierta por su marido y la bronca fue monumental entre ellos.
    Comprobar por parte de Bosco que su suegra presionaba a su mujer para sacarle dinero y que ésta a
    su vez se lo ocultaba a él para evitar conflictos fue el detonante de la primera discusión entre el reciente matrimonio.
    Supo la cándida Josefina esa noche que su marido también podía sacar su fuerte carácter en un momento dado. Cuando le preguntó el destino del dinero que faltaba en la caja de gastos de la casa y su mujer se limitó a bajar la cabeza claramente avergonzada, entonces surgió la chispa que encendió la llama de la discusión.
    -¿Ha venido tu madre a pedirte dinero?
    -Sí....no te enfades Bosco, por favor.....
    -¿Por qué no me lo comunicaste?
    -No se...me dio vergüenza.

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  11. Capi 12.
    A pesar de mostrarle una furia que desconocía hasta ese momento en su marido. Josefina escuchó los reproches de Bosco sin levantar en ningún momento la cabeza.
    Era joven e ignoraba muchas cosas de la vida, por supuesto que tampoco tenía conocimiento alguno de las maniobras de su madre respecto a la forma en que consiguió su ajuar y realizar una boda que no estaba al alcance de sus posibilidades económicas.
    La joven Josefina no era desconocedora de la precaria situación que se vivía en su casa. Los vestidos, tanto de Luz como los que ella vestía eran casi todos heredados de sus primas.
    Las criadas no duraban al servicio de la casa más de un mes cuando comprendían que no solo no cobrarían su sueldo sino que pasaban más hambre que en sus propios hogares.
    Los bienes heredados por sus padres habían sido vendidos unos tras otros para mantener el buen nombre de la familia hasta perderlo absolutamente todo.
    Doña Luisa últimamente pedía ayuda a sus hermanas que ya estaban hartas de engañar a sus esposos y una de ellas se ganó una soberana paliza de su marido cuando descubrió que le sisaba dinero a sus espaldas.
    A pesar de ser dos jóvenes casaderas de buena presencia y prestigiosa familia. Tanto Luz, la mayor, como Josefina la más , no tenían pretendientes a la puerta de su casa esperando a solicitar su mano.
    Era una ciudad pequeña, de provincias, y todo se sabía de una manera o de otrahasta ser del dominio público la situación de ruina en la que se encontraban los Covaleda- Frías.
    Por lo tanto los planes de doña Luisa que fantaseaba con casar a sus hijas con herederos de grandes fortunas que los sacara de la situación en la que se hallaban inmersos fueron fracasando, uno tras otro.
    Enterada de las pretensiones de don Bosco Hidalgo respecto a su hija más joven. Doña Luisa se encargó de recabar información con todas las armas a su alcance.
    Se puso al corriente de los antecedentes familiares y sobre todo de la cuantía de su fortuna. No era la familia con la que ella había soñado y tampoco eran ricos a la altura de sus expectativas.
    Tenían una gran finca dedicada a fines agrícolas y ganaderos que les permitía vivir holgadamente pero sin grandes dispendios.
    Tampoco el origen de su familia era de su agrado. Se remontaba a mediados del siglo pasado cuando un jornalero bastante emprendedor contrajo matrimonio con una viuda ya algo madura que a su muerte le dejó en herencia la propiedad de La Pedralta.
    Ese hombre era el bisabuelo de su futuro yerno y si esperaba encontrar lustre en sus antepasados se encontró con la cruda realidad.
    Pero ella sabía que no encontraría a nadie mejor para su hija y consintió con la esperanza de que deslumbrado por emparentar con semejante familia, sería una arcilla fácilmente moldeable en sus manos.
    Se equivocó totalmente. Bosco Hidalgo no tenía nada de tonto y superada la primera cornada que su suegra le asestó a traición, las demás se las vio venir y se preparó para burlarlas.
    No quiso herir más a su mujer en el fragor de la discusión y le evitó los detalles más sórdidos respecto al comportamiento de su madre. Estaba convencido del egoísmo de su suegra y prefirió poner distancia entre ellos.
    De momento ordenó a Josefina que se trasladase a vivir al campo aprovechando el buen tiempo. El verano estaba siendo muy caluroso y sería más llevadero en la finca.
    Ella no puso objeción alguna. Estaba totalmente enamorada de su marido y tenía la plena convicción de que al final su madre conseguiría meterla en un lío.
    Y la vida cotidiana en La Pedralta se le antojó como una aventura maravillosa. Los deliciosos y abundantes guisos de Engracia le hicieron temer por su figura, pero por otra parte aprendió a disfrutar de algunos alimentos que hacía años que no pasaban por la mesa de la casa familiar de los Covaleda.

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  12. Capi 13.
    Una tarde de finales del mes de julio recibió Bosco en su despacho la furibunda visita de su suegra.
    Hacía ya más de un mes que Josefina se había trasladado a vivir al campo y ante la ausencia de noticias desde que pasó a despedirse de ellos, la buena señora decidió ir a pedir explicaciones al marido de su hija.
    No se había olvidado todavía de la encerrona de que fue objeto por parte de la mujer que ahora tiene frente a él con la misma arrogancia que mostró el día que la conoció.
    Si en ese momento se aprovechó de su buena fe, ahora el caso es totalmente distinto. Ya sabe con quién está tratando, conoce el percal que diría Engracia y lo que es más importante, no le debe nada y así se lo piensa decir.
    -Sé que hemos tenido nuestras diferencias señor Hidalgo..pero creo que es hora de hablar claramente, hace ya más de un mes que no he tenido noticias de mi hija.
    -¿No fue a despedirse de ustedes? Tengo entendido que así lo hizo.
    -Lo hizo, sí, pero no es esa la cuestión, Josefina no está acostumbrada a vivir en ese ambiente en el que usted la está obligando a hacerlo.
    -Perdóneme señora, yo no la obligo a nada que ella no quiera, en el campo está perfectamente.
    -Insisto, mi hija está habituada a otro tipo de vida, más digamos ….refinado.
    -No me haga reír doña Luisa, los dos sabemos cual es el problema.
    El rubor hace acto de presencia en el rostro de la mujer, un leve sonrojo que le da muestra de la desesperación en que se halla inmersa.
    -Seamos claros señora ¿qué quiere?
    -Quiero ver a mi hija, eso quiero.
    -¿Y qué se lo impide?, las puertas de mi casa están abiertas.
    -Tendría que desplazarme para poder hacerlo.
    -La finca se encuentra bastante cerca, no creo que sea ese el problema.
    Se da por vencida ya que sabe perfectamente que a su yerno no le va a sacar un real. Tampoco quiere a pesar de su desesperada situación arrastrarse por el suelo y darle el gusto de mostrarle sus miserias que son muchas.
    Lo considera poca cosa, el hijo de un zafio terrateniente que trabaja codo con codo junto a sus jornaleros arañando la tierra.
    Abandona el despacho ignorando que será la última vez que se encuentren frente a frente.
    Nunca se dignó visitar el lugar en el que su hija se encontraba viviendo, primero por indicación de su marido y más tarde por voluntad propia.
    Habló con su marido y juntos llegaron a la conclusión de la imposibilidad de conservar la gran casa familiar, no podían hacer frente a los gastos que ocasionaba y muchos días no tenían nada que echarse a la boca.
    Se pusieron en contacto con una de las hermanas de don Fernando que era la superiora de una orden religiosa en Córdoba y cedieron la casa a la orden a cambio de vivir en el convento hasta sus últimos días.
    La señorita Luz, heredera del carácter fuerte y orgulloso de su madre fue acogida por una de sus tías a cambio de hacerle compañía. Los pretendientes brillaban por su ausencia y la espera se le hacía insoportable.
    Tenía la impresión de estar malgastando inútilmente su juventud y veía marchitarse su frescura y su belleza al lado de su gruñona e impertinente tía que la trataba como si fuera una criada.
    Contaba los días y las horas fantaseando con un príncipe azul que nunca llegaba y en su interior comenzó a anidar un rencor que envenenaba sus noches convirtiéndolas en un rosario de reproches, quejas y lamentos.
    En los primeros días de febrero del año siguiente y en medio de una intensa nevada. Josefina alumbró a su primera hija ayudada por una nerviosa pero resuelta Engracia que recibió en sus manos a la criatura y que desde el primer momento al estrecharla contra su pecho supo que la querría como si hubiese nacido de su propio vientre.

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  13. Capi 14.
    Unos días antes había llegado a la casa la señorita Luz con el pretexto de estar al lado de su hermana en el momento del alumbramiento. En el transcurso de los meses anteriores se había dedicado a enviarle misivas a Josefina en las que la ponía al corriente del infierno que estaba viviendo en casa de su tía.
    Se quejaba la joven del trato discriminatorio que según su criterio recibía injustamente por parte de la hermana de su madre y lo sola que se sentía lejos de sus padres y de su única hermana.
    Josefina no podía por menos que sentir cierta lástima por su hermana mayor y una noche le comunicó a Bosco su deseo de que estuviese a su lado cuando la criatura naciese.
    No pudo negarse a su petición y aceptó el envío de una invitación para que la hermana de su mujer pasara una temporada con ellos.
    La señorita Luz llegó a La Pedralta el día primero de febrero cuando los primeros copos de una inminente nevada comenzaban a caer sobre las tierras recién sembradas. El frío era intenso y los días cortos y oscuros, algo que la impresionó vivamente provocándole la sensación de llegar a un lugar inhóspito y triste.
    Llegó en un coche tirado por dos caballos que alquiló en la ciudad y en tanto el conductor del coche se encargaba de bajar los numerosos baúles que traía consigo. Ella susurró al oído de su hermana que por favor le prestase el dinero para pagar lo acordado al hombre que la había llevado hasta allí.
    Había abandonado la casa de su tía entre interminables reproches y enumerando las incontables ofensas de que había sido objeto según ella, de manera totalmente injusta.
    Tenía la firme intención de no volver a poner un pie en esa casa y no le importó volar todos los puentes a su espalda.
    Ahora ya tenía un nuevo hogar que en justicia creía que le correspondía y pensaba que su hermana no tendría el valor necesario para ponerla de patitas en la calle, no tenía más amparo que el que ella pudiese ofrecerle y la conocía lo suficiente para saber que jamás le haría algo semejante.
    Todo lo que poseía en su vida lo llevaba en los pesados baúles que Maximiliano y Eleuterio se encargaron de subir a la planta superior de la casa seguidos de cerca por ella que les indicaba que tuviesen cuidado con sus pertenencias.
    Las primeras quejas vinieron por el hecho de ser desterrada a la planta de arriba. En la planta baja se encontraban los dormitorios de don Perfecto junto al de Bosco y Josefina.
    En la planta alta contaban con cuatro dormitorios amplios y soleados además del pequeño cuarto de Engracia, una habitación que era más bien una buhardilla y que ocupaba desde que llegó a la casa hacía ya más de veinte años.
    El hecho de compartir espacio con el servicio le resultó a la recién llegada un insulto a su condición de hermana de la señora de la casa y no tardó comunicárselo Josefina que en esos momentos trataba de acomodarse en un sillón de madera bastante molesta ya ante la inminencia del parto.
    -Hermana...no es por molestar, nada más lejos de mi intención pero no considero apropiado compartir la planta de arriba con la servidumbre.
    Josefina guardó silencio ante la insensibilidad de su hermana y sin ánimo ni ganas de discutir con ella. Una carta de su tía días antes de la llegada de Luz ya le advertía de las exigencias que se gastaba y la ponía sobre aviso para que evitase en lo posible los roces con su marido que no tenía dudas de que se producirían en cuanto ella pusiera un pie en su casa.
    Ella se había sentido en la obligación moral de acogerla en su casa dada la precaria situación en la que se hallaba. No había recibido a cambio nada más que ingratitud y la prevenía para que estuviese alerta y no permitiese que su presencia perjudicase la relación con su marido.
    A pesar de no encontrarse demasiado bien y no tener ganas de discutir. La siempre dulce Josefina no pudo por menos que replicar a su hermana ante la sarta de insensateces que salían por su boca.
    -Luz, Engracia es un miembro más de esta familia, te agradecería que de ahora en adelante la trates con deferencia y respeto.

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  14. 15.
    Calló ante la recomendación de su hermana pero su actitud fue siempre la misma. Tenía la señorita Luz muy arraigada la idea inculcada por su madre de pertenecer a una clase superior, muy alejada de la clase media y por supuesto muy por encima de las clases humildes.
    Sospechó desde el principio que la vida rural le supondría un verdadero suplicio pero comenzó a verlo como un mal menor.
    No le gustaba el campo, ni las maneras toscas de los que se desenvolvían en ese medio. Tonta no era e intentó por todos los medios a su alcance de agradar a su cuñado que era en definitiva quien le daría de comer.
    Con Engracia pronto pudo comprobar que no era una sirvienta al uso. La encontraba desabrida y tomándose unas atribuciones que en modo alguno le correspondían.
    El mismo día de su llegada ya supo que con la criada no le valdrían sus caprichos de niña mimada y pudo comprobarlo en primera persona al llamarla a voces para que subiese a su habitación.
    Engracia hizo su entrada en el cuarto atropelladamente al tiempo que secaba sus manos en el delantal que siempre llevaba puesto. La vio de pie frente a los baúles amontonados en un rincón y sumamente nerviosa.
    -¿Quería algo?
    -Pues sí, vaya sacando la ropa de los baúles y la coloca con mucho cuidado en el armario.
    -¿Está usted manca, señorita?
    -¿Perdón?
    -Le preguntaba que si hay algo que le impide hacerlo usted misma, señorita.
    -¡Pero cómo se atreve! Usted limítese a cumplir mis órdenes.
    -Tendrá que disculparme pero yo no recibo órdenes más que de los señores, buenos días.
    La dejó plantada en medio de la habitación con la cara pálida y desencajada y continuó con sus labores habituales en la cocina donde estaba preparando la comida ayudada por Gertrudis.
    La muchacha la escuchó maldecir por lo bajo aunque no le llamó especialmente la atención puesto que era algo habitual en ella.
    Sin ,embargo, esa mañana estaba más enfadada que de costumbre y la joven no pudo por menos que intentar averiguar el motivo que la tenía en ese estado.
    -¿Te pasa algo Engracia?
    -¿A mí..qué había de pasarme?
    -No sé, parece que estés molesta, más molesta de lo normal, quiero decir.
    La indirecta de la muchacha consigue arrancarle una de sus raras sonrisas. La tiene con ella desde que era casi una niña y se entienden a la perfección con sólo una mirada.
    -Pues mira, sí, estoy que se me llevan los demonios.
    -¡Vaya novedad!
    -No te burles mocosa ¿sabes para qué me llamaba esa grulla emperifollada?
    -¿Para qué?
    -Y que le desocupara los baúles y colocase toda su ropa con mucho cuidado en los armarios.
    -¿Ahora?.
    -Sí, eso pretendía.
    -¿Qué le has dicho?.
    -Pues lo que merece, que yo recibo órdenes únicamente de los señores y que tiene poco que hacer, que los vaya desocupando ella.
    -Pero Engracia...irá con el cuento a don Bosco.
    -Que vaya, verás como no lo hace, me apuesto lo que quieras.
    -Al final seré yo la que tenga que hacerlo, como siempre.
    -Ni hablar, tú recibes órdenes mías y si te requiere ya sabes lo que tienes que decirle, que hable conmigo.
    A pesar de su juventud, Gertrudis sospecha que la llegada de la hermana de doña Josefina supondrá un inconveniente para todos ellos.

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  15. 16.
    La llegada al mundo de la pequeña Julia supuso una alegría para todos los habitantes de La Pedralta. Don Perfecto que estaba seriamente enfermo y llevaba todo el invierno recluido en la casa pareció recuperar el ánimo al mirar embelesado a su primera nieta.
    Era una niña rubia de piel sonrosada y muy rolliza. Lamentaba su abuelo que doña Juana no viviera para conocerla aunque al mismo tiempo tenía la certeza de que tampoco él viviría lo suficiente para verla crecer.
    Con la llegada del buen tiempo mediado ya el mes de junio. Cuando el campo mostraba su cara más viva y el verde era el color predominante les dijo adiós don Perfecto sentado en su sillón al lado de la pequeña cuna de madera donde la niña Julia descansaba plácidamente.
    Tanto Bosco como Josefina despidieron entre lágrimas a don Perfecto Hidalgo Hervás y cerraron una etapa de sus vidas para enfrentar el futuro que se les presentaba incierto sin la presencia protectora del padre.
    Engracia volvió a vestirse de luto al igual que ya lo hiciera cuando falleció doña Juana. Sin familia propia y sin más referente afectivo que el que ellos habían significado para ella, la criada tuvo la sensación de haber perdido a su propio padre puesto que así lo consideraba.
    Pero la vida debía continuar y la presencia de Julia fue un acicate para todos ellos. El caluroso verano les obligaba en sus días más tórridos a buscar la sombra de las grandes encinas y los alcornoques en busca de una ligera brisa que les aliviara de los rigores propios de esa época del año.
    El pequeño riachuelo casi sin agua a esas alturas del año por la ausencia de lluvias no les permitía refrescarse en su cauce pero si podían meter las piernas hasta la altura de las rodillas y embadurnarse con el fresco barro que al parecer ayudaba mucho a la circulación de la sangre.
    En agosto ya contaba Julia con siete meses y a Engracia le encantaba mojarla a la orilla del riachuelo tumbada en una sábana que extendía en la hierba y donde la pequeña movía incesantemente sus piernecitas y pronunciaba sus primeros gorgoritos.
    Solía acompañarlas por las tardes Maximiliano aprovechando el descenso de actividad en las tareas del campo. Le costaba creer a Engracia el mimo con el que trataba a la pequeña y el infinito cuidado con el que al principio la cogía entre sus brazos como temiendo hacerle algún tipo de daño.
    Miedo que fue desapareciendo conforme la pequeña se mantenía erguida cuando la sentaban en el suelo y Maximiliano perdió su temor inicial para terminar por lanzarla al aire y recogerla entre sus brazos arrancándole una risita contagiosa.
    Especialmente gracioso le resultaba ver a la niña entre las grandes manos de Maximiliano. El pequeño escuálido que llegó a La Pedralta en una campaña de recogida de aceituna y se quedó definitivamente, poco o nada tiene que ver con el hombre que es en la actualidad.
    El niño llegó a la adolescencia espigado y muy delgado. El trabajo era duro y muy sacrificado pero por fortuna nunca les faltó una despensa bien surtida y las abundantes comidas que por deseo expreso de don Perfecto preparaba Engracia para todos los trabajadores.
    Siempre lo sintió como al hermano pequeño que nunca tuvo. Sufrió con él cuando estaba enfermo y se desvivió por atender todas sus necesidades.
    A cambio, él se mataba a trabajar como si de sus propias tierras se tratara y llegaba extenuado al final de las largas jornadas tratando siempre de sacar el mejor fruto posible a la tierra.
    Ahora era un hombre de veintisiete años y en la plenitud de su vida. Con una fuerza descomunal pero con un apetito aparejado a su fuerza física.
    También se había convertido en un hombre muy guapo. Su pelo negro ensortijado y unos ojos azules que le daban viveza a su rostro hacían de él un apetecible partido para cualquier joven casadera.
    No parecían ser esas sus intenciones.
    Al contrario que su inseparable compañero Eleuterio que ya se había casado con una joven llamada María y acababan de tener a su primera hija, una preciosa criatura llamada María Antonia.

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  16. Capi 17.
    Pero Maximiliano procuraba evitar en lo posible su asistencia a las numerosas fiestas que con motivo de los santos patronales se celebraban en los pueblos de los alrededores.
    A pesar del ánimo de Engracia para que asistiera a los bailes y juegos que con motivo de dichas fiestas se organizaban y la insistencia de su amigo Eleuterio para que lo acompañase. El único traje que tenía junto a su camisa blanca casi siempre se quedaba preparado en la silla donde Engracia lo dejaba perfectamente colocado para que se lo pusiera.
    Prefería recorrer la finca armado con su pequeña escopeta y dar caza a algún conejo que inexorablemente terminaba en la cazuela a la hora de la cena.
    Desde que Eleuterio se casó, acusó mucho más la soledad que nunca lo abandonaba del todo. Soledad que terminó por engullirlo cuando el compañero de infancia le comunicó que abandonaba el campo para buscar junto a su mujer y su hija la esperanza de una vida mejor en la capital.
    La llegada de la pequeña Julia pareció sacarlo de la profunda tristeza en la que se movía últimamente.
    Sus risas y sus primeros pasos lo mantenían embelesado siguiendo sus movimientos y siempre pendiente del pequeño ser que había venido a revolucionar sus previsibles vidas.
    Pero él sabía que algo había cambiado en esa previsible y monótona vida cuando la vio a ella por primera vez.
    La señorita Luz consiguió lo que nunca hubiera creído que nadie lograría. Llegar a su escéptico corazón y acelerar sus latidos con su sola presencia.
    Su cabeza siempre erguida e impecablemente peinada con un moño alto del que surgían tirabuzones perfectamente dibujados que descansaban en sus hombros realzando su esbelto cuello.
    Su rostro de rasgos perfectos y sus hermosos ojos del color de la miel de las incontables colmenas diseminadas por la propiedad. Su cuerpo armonioso y altivo con la turgencia propia de la juventud.
    Todo ello consiguió que Maximiliano se enamorase por primera y única vez en su vida y que junto a su soledad interior experimentase desde ese momento la herida del desamor.
    Porque la señorita Luz mantenía su actitud distante con todo aquel que no considerase de su misma condición social y a Maximiliano lo consideraba poco menos que a un burro de carga.
    Engracia pronto se percató de la admiración que sentía por la señorita y durante meses observó su comportamiento totalmente servil cuando de ella se trataba.
    Algo que acentuó el odio visceral que ya sentía hacía la hermana de la señora y la obligó a tomar cartas en el asunto.
    Un duro enfrentamiento con la señorita Luz a raíz de las quejas de ésta a su hermana por el según ella trato inaceptable que la criada le mostraba, casi consigue que Engracia abandonase La Pedralta unos meses atrás.
    Doña Josefina la mandó llamar y le expresó su deseo de que en lo sucesivo evitase situaciones desagradables con su hermana y pusiera algo de su parte para que no volviera a suceder nada parecido.
    Engracia consideró injustas las palabras de la señora y en un arranque de ira preparo sus escasas pertenencias en dos viejas maletas de doña Juana y se dispuso a abandonar la casa sin despedirse de nadie.
    Enfiló el camino que conducía a la salida de la finca en dirección al pueblo más cercano manteniendo los ahorros de toda su vida envueltos en un pañuelo que acomodó en el interior de su pecho y abandonó La Pedralta sin volver la cabeza una sola vez.
    Maximiliano se encontraba arando cuando vio su inconfundible silueta cargando las dos maletas y una alarma sonó en su cabeza de forma inmediata.
    Dejó el par de mulas descansando y corrió a su encuentro campo a través hasta conseguir alcanzarla con un hilo de respiración por el esfuerzo realizado.
    -¿Dónde demonios crees que vas, Engracia?.
    -Me marcho, no soporto a esa víbora relamida ni un segundo más.

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  17. 18.
    -¿Ha pasado algo?
    -Lo que tenía que pasar, le ha ido con el cuento a doña Josefina y me he cargado yo el muerto.
    -Creo que le tienes demasiada ojeriza Engracia, no puedes disimularlo.
    -Te gusta esa mujer ¿verdad?
    La cara de Maximiliano se torna de un rojo violento y de su boca no acierta a salir palabra alguna mientras retuerce sus manos con la mirada baja en dirección al suelo.
    -Mal asunto muchacho, ni en un millón de años se fijará en ti esa mala pécora.
    Él trata de desviar su atención maldiciéndose en su interior por ser tan trasparente para ella. Mujer inteligente y observadora que no deja pasar ni una.
    -Estás loca Engracia ¿cómo me va a gustar la señorita Luz?
    -En el corazón no se manda Maximiliano, pero recuerda lo que te estoy diciendo y nunca olvides mis palabras, esa zorra altanera destrozará tu vida.
    -Puedes estar tranquila en ese aspecto, ni siquiera reparará en mí ni para hacerme daño.
    -Te lo hará, conozco a las de su calaña.
    -No te vayas Engracia, La Pedralta sin ti no será lo mismo.
    -Estoy cansada, buscaré trabajo en otra parte.
    No consigue hacerla cambiar de opinión y la ve impotente reanudar la marcha con su vida en dos viejas maletas. El bajo de su vestido manchado por el polvo del camino es lo último que queda reflejado en sus pupilas húmedas por la emoción.
    Esa misma tarde cuando sale de las cuadras tras echar de comer a las mulas y se lava en una de las pilas de piedra puede ver el coche de don Bosco en la puerta de la casa todavía con los dos caballos enganchados.
    Permanece durante toda la semana en Ciudad Real y los viernes regresa a La Pedralta para volver de nuevo el lunes a reanudar el trabajo en su despacho.
    De nada han servido las presiones de la señorita Luz a su hermana para volver a vivir en la casa de la ciudad. Su cuñado prefiere la vida tranquila del campo para su mujer y su hija.
    Se dirige hasta la entrada de la casa para preguntar a don Bosco si desengancha los caballos cuando la voz furibunda le llega con total nitidez.
    Enterado de la marcha de Engracia, el hielo en su voz ha dejado paralizadas tanto a su mujer como a su cuñada. Ambas lo miran sin atreverse a replicarle y agradecen la llegada de Maximiliano en ese preciso momento.
    -¿Tú sabes algo de Engracia, Maximiliano?
    -Sí, se marchó esta mañana.
    -¿Cómo que se marchó...a dónde?
    -Me imagino que a los Estesos.
    -¿Y tú lo has permitido?
    -No pude evitarlo, ya conoce lo terca que es.
    -¿Ha pasado algo entre vosotras, Josefina?
    Ante el silencio de la señora es el propio Maximiliano el que se ve en la obligación de sacar la cara por Engracia. Ni la mirada suplicante de la señorita Luz consigue que su boca calle la lealtad debida
    a la fiel criada.
    -Pregúntele a la señora, ella le sabrá decir mejor que yo.
    -En realidad no ha pasado nada....se enfadó por algo que le dije y ni siquiera avisó de sus intenciones, Bosco, te estoy diciendo la verdad.
    -¿Qué te dijo a ti ella, Maximiliano?
    -Me dijo que la señora la reprendió injustamente a causa de la señorita Luz y que no estaba dispuesta a ser humillada por más tiempo.
    -¡Me lo imaginaba! Ya hablaremos a mi vuelta, ven conmigo Maximiliano.
    Las hermanas los observan por la ventana subir al coche de caballos y emprender la marcha cuando ya la luz del día comienza a apagarse lentamente, ni una palabra sale de sus labios en espera de la previsible bronca que les espera.

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  18. 19
    Don Bosco y Maximiliano se dirigieron en primer lugar a la única posada del pueblo más cercano a La Pedralta. Un pueblo situado a unos ocho kilómetros y posible lugar de destino de Engracia.
    Durante todo el camino permanecieron en silencio sólo roto por las órdenes dirigidas a los caballos para que aligerasen el paso.
    Sabía Maximiliano la cólera que inundaba a don Bosco pero que había controlado con la esperanza de encontrar a Engracia y hacerla cambiar de idea respecto a su marcha de la casa.
    No concebía su hogar sin la presencia de la mujer a la que conoció cuando contaba unos siete años de edad. Tampoco se lo perdonaría su padre y su abuela donde quiera que estuvieran.
    Por eso baja con rapidez del asiento del coche nada más legar a la posada sin esperar a que lo haga su acompañante.
    No encuentra a nadie en la posada que aparece desierta y sacude con energía la campanilla de la entrada hasta que aparece una mujer enlutada que les atiende de inmediato.
    -Buenas noches Dolores.
    -Buenas noches don Bosco.
    -Buscamos a Engracia ¿está aquí por casualidad?
    No les pasa desapercibido el nerviosismo de la mujer cuando niega sin mucha convicción con la cabeza.
    Es en ese momento cuando habla Maximiliano colmada ya su paciencia e intimidando con su formidable presencia a la buena mujer que parece ir arrugándose conforme las exigencias de los dos hombres se hacen más apremiantes.
    -No sea cómplice de la terquedad de Engracia, Dolores, dígale que hemos venido a por ella.
    -Me ha prohibido que diga donde está Maximiliano.
    -Ya nos arreglaremos nosotros, usted tranquila.
    Finalmente accede y les indica el primer piso y la segunda puerta a la derecha a donde se dirigen subiendo los escalones de dos en dos.
    No contesta nadie a los insistentes golpes hasta que la mujer les lleva una llave con la que consiguen abrir la puerta pasando al interior de la modesta habitación.
    Engracia ya está metida en la cama y si le sorprende la visita no parece demostrarlo en absoluto. Se mantiene sin moverse cuando don Bosco coloca el candelabro con dos velas encendidas en la mesilla de madera.
    Tampoco hace movimiento alguno cuando la cama chirría ruidosamente al sentarse Maximiliano en uno de sus lados y don Bosco hace lo propio en el otro.
    -No seas niña Engracia, nos has dado un disgusto tremendo, vístete que nos volvemos a casa.
    -Yo no vuelvo a ningún sitio donde esté esa cuñada tuya.
    -Olvida a mi cuñada Engracia ¿va a conseguir ella separarnos después de tantos años?
    -Ya has visto que sí.
    -Tú déjame a mí, que ya le ajustaré las cuentas.
    -Eso es precisamente lo que quiero evitar Bosco, jamás propiciaría un disgusto entre la señora y tú.
    -Con la señora me arreglo yo, coge tus cosas y ven con nosotros.
    Son ya cerca de las diez cuando regresan los tres a La Pedralta en la noche estrellada de finales de mayo. Satisfechos los hombres por haber conseguido su objetivo y algo enfurruñada la mujer por haber tenido que dado su brazo a torcer.
    Se encarga Maximiliano de desenganchar los caballos y Bosco acompaña a Engracia hasta el interior. Doña Josefina y la señorita Luz permanecen sentadas en sendos sillones y se ponen en pie al hacer ellos su entrada.
    La señorita Luz hace ademán de abandonar el comedor pero la detiene la voz cortante de su cuñado que en ese momento deposita en el suelo las dos maletas.
    -¿Dónde crees que vas, Luz?
    -Me retiro Bosco, estoy cansada.
    -Siéntate y escucha con atención lo que tengo que decir, tú también Josefina, esto va por las dos.

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  19. 20 bis.
    Tampoco permite que Engracia consiga su objetivo de alcanzar la escalera como era su propósito para desaparecer del comedor y le indica una de las sillas para que tome asiento.
    Ninguna de las tres mujeres está en disposición de llevarle la contraria y esperan pacientemente sus palabras que surgen de inmediato mezcladas con la furia que todavía lo domina.
    Hombre medido y poco dado a los arranques de genio, dueño de una exquisita educación y muy gentil, siente en esos momentos que las formas pueden perderlo y respira profundamente intentando calmarse.
    Se dirige en primer lugar a su mujer que permanece cabizbaja y muy afectada desde que comprobó por la mañana que Engracia había abandonado la casa y temiéndose haber sido la causante involuntaria de su marcha.
    -¿Qué ha ocurrido hoy para que Engracia haya decidido abandonar la casa en la que ha permanecido por espacio de más de veinticinco años?
    Josefina no sabe muy bien por donde empezar intentando desesperadamente no delatar a su hermana pero al mismo tiempo no queriendo enfadarlo a él aún más.
    -No creí haber ofendido a Engracia, Bosco, simplemente traté de evitar roces entre mi hermana y ella.
    -Nunca ha habido roces en esta casa Josefina, jamás nadie había hecho las maletas por haber sido humillado.
    -Lo sé.....pero ellas dos se llevan como el perro y el gato, yo me encuentro en medio y a veces no sé cómo actuar para que una de ellas no se sienta herida.
    -Bien, agradezco tu sinceridad querida y ahora quiero que tu hermana me escuche con atención.
    -Esta es mi casa cuñada, Engracia es parte de la familia y desde que murió mi abuela es ella la encargada de todas las cuestiones domésticas.
    -Sus decisiones no se cuestionan y se respetan sin rechistar. Si crees que no puedas vivir bajo las normas que rigen en esta casa, mañana recoges tus cosas y Maximiliano te lleva a Ciudad Real, estoy seguro que tu señora tía está deseando que regreses a su lado.
    La palidez se extiende por el rostro altivo de la señorita Luz y por primera vez en su vida experimenta la descarnada dentellada de la humillación más absoluta.
    Ignora que su cuñado es conocedor de su imposibilidad de regresar a casa de su tía. Ni a casa de su tía ni a ningún otro lugar, nadie la espera, no tiene más que el cielo por techo y su tremendo orgullo que le impide rebajarse y hablar con sinceridad.
    Es el orgullo nuevamente el que habla por su boca cuando contesta a su cuñado sin detenerse a medir las consecuencias de sus palabras.
    -No puedes ponerme a la misma altura que a una simple criada, Bosco.
    -¿No puedo...ponme a prueba?
    -Soy una señorita.....la hermana de tu esposa.
    -Entonces no hay más que hablar, mañana te vas, no quiero conflictos en mi casa y por supuesto que bajo ningún concepto pretendo que te encuentres a disgusto aquí.
    La protesta de Josefina muere en sus labios casi antes de pronunciarla al ver la advertencia en la cara de su marido. Lo ven abandonar el comedor con grandes zancadas y salir al exterior para dirigirse a las cuadras con paso resuelto.
    Las tres mujeres se quedan solas con la tensión palpándose claramente en el ambiente. El gesto de la señorita Luz deja traslucir una mezcla de odio, indignación y miedo cuando le habla a su hermana.
    -No sé cómo permites a ese patán de tu marido que me hable así, Josefina.
    -¡Cállate!
    La iracunda respuesta de su hermana la deja clavada en la silla a causa de la sorpresa y el miedo regresa de nuevo a ella provocándole un intenso escalofrío que recorre todo su cuerpo.
    -No puedes hablarme así, soy tu hermana.
    -Lo eres, cierto, pero eso no te da derecho a destrozar mi vida y creo que Bosco tiene razón, en casa de la tía Enriqueta serás más feliz que aquí.

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  20. 21.
    También sabe Josefina al igual que su marido la imposibilidad de su hermana de regresar a casa de su tía. Intenta por todos los medios a su alcance que su hermana consiga superar su injustificable orgullo y la soberbia que rige todos y cada uno de sus actos.
    -¿Me estás echando de tu casa, hermana?
    -No, no lo hago Luz, sin embargo yo también quiero que encuentres tu felicidad y aquí está claro que no vas a lograrlo.
    Engracia ya ha escuchado demasiado y se cae de sueño, se levanta de la silla y les comunica que se retira a su habitación. Josefina no pone objeción y la sigue con la mirada hasta que llega con sus dos maletas al pie de las escaleras donde las deja cuidadosamente para adentrarse por el pasillo.
    Sabe que se dirige a la habitación matrimonial donde duerme la pequeña Julia ajena a los problemas de sus mayaores.
    Engracia se inclina en silencio sobre la cuna y admira el perfil confiado de la niña a la que todo el día sin ver se le antoja una eternidad.
    Pasa con cuidado dos de sus dedos por la suave mejilla y tiene el convencimiento de poder aguantar muchas cosas tan sólo por estar cerca de ella.
    Sube después las escaleras con una maleta en cada mano y con la mirada de las dos mujeres clavada en su espalda hasta que desaparece de su vista.
    No ha desaparecido el nerviosismo de la señorita Luz que mira implorante a su hermana para captar su atención.
    -No me eches de aquí Josefina, sabes que no tengo donde ir.
    -No seas melodramática hermana, a ti te gusta la capital y en casa de la tía puedes disfrutar de una vida que es más de tu agrado.
    -No puedo volver allí.....
    -¿Por qué no puedes?
    -A ti te puedo decir la verdad Josefina, me trataban como a una advenediza.
    -Nunca aprenderás la lección, ahora no tenemos nada, Luz, nuestros padres recluidos en un convento a expensas de la caridad de las religiosas.
    -Tú, sin amparo de nadie que no sea el mío y causando problemas entre Bosco y yo ¿piensas que así podre ayudarte?
    -Es tu obligación Josefina.
    -Conseguirás que nos eche a la calle a las dos y escúchame con atención, no permitiré que mi familia se derrumbe por tu culpa.
    -La culpa la tiene esa criada con ínfulas de señora.
    -Ella no tiene culpa de nada, lleva aquí toda su vida y te puedo asegurar que entre Engracia y tú, Bosco la elegirá a ella y a ti te pondrá de patitas en la calle, reflexiona sobre lo ocurrido y piensa en lo que puedes perder, buenas noches, Luz.
    No le da opción a réplica y abandona la estancia con una decisión firme ya tomada. Velará por su felicidad y la seguridad de su hija dejando de lado las veleidades de su hermana.
    Luz continua en su asiento observando las evoluciones de la llama de la vela que tiene frente a ella y haciendo un recorrido por su vida pasada y el negro futuro que tiene por delante. Tiene la seguridad de que su cuñado la detesta.
    La maldita criada la desprecia porque ha tenido oportunidad de comprobarlo en infinidad de ocasiones e inexplicablemente es apoyada por su cuñado de manera incondicional.
    Y ha podido ver que si alguien sobra en la casa es ella por lo que si no se anda con cuidado terminará en el arroyo inexorablemente.
    Decide marcharse a la cama ella también justo cuando hace su entrada Bosco acompañado de Maximiliano.
    Los dos parecen ignorarla y su cuñado invita a Maximiliano a sentarse mientras sirve dos copas de vino dulce para saborearlo a la luz de las velas.

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  21. 22.
    El silencio en la casa es absoluto cuando al fin se quedan solos y los dos hombres cruzan sus miradas con complicidad como recordando sus ya lejanos tiempos de la infancia. Eran dos niños cuando se encontraron por vez primera y el tiempo transcurrido no ha conseguido hacerles olvidar.
    Al contrario, en su memoria permanecen indelebles los juegos y los baños en el río en los veranos en los que su cauce lo permitía.
    Sigue presentes en ellos la imagen de doña Juana sentada en su enorme silla de madera en el porche de la casa observándolos jugar en las calurosas tardes de verano y la sombra siempre fiel de Engracia a su lado pendiente siempre de sus necesidades.
    Pasado y presente siempre entrelazado como un nudo irrompible en sus corazones. La ausencia de don Perfecto todavía les hace daño y hoy han podido comprobar la imposibilidad de perder también a Engracia.
    Maximiliano bebe los vientos por la señorita Luz, una extraña fuerza lo obliga a estar cerca de ella a la menor oportunidad y al menos tener la posibilidad de contemplarla. Sin embargo, esa atracción no puede eclipsar su afecto por Engracia y tiene muy claro que en caso de verse obligado a elegir entre una de ellas, su lugar siempre estaría al lado de la criada.
    Extiende sus largas piernas al tiempo que apura el delicioso líquido de su copa y cierra los ojos por un momento. No ha estado presente en la charla que don Bosco ha mantenido con las mujeres de la casa pero sabe que ha debido ser una conversación tensa por el enfado que arrastraba al llegar a las cuadras para ayudarle con los caballos.
    -Maximiliano...... Maximiliano ¿estás dormido?
    -No, simplemente he cerrado los ojos un momento, es tarde y ya debería estar en la cama.
    -Tienes razón, vete a descansar y mañana hablamos.
    -¿Quería decirme algo en particular?.
    -No, puede esperar, no te preocupes.
    -Vamos, dígame lo que quiera que sea.
    -Verás...aunque no te lo creas pienso mucho en el futuro, en la muerte....en lo que está por venir.
    -¿A qué viene esto ahora?
    -Yo me entiendo, cuando he llegado esta tarde y Engracia no estaba en casa he tenido la sensación angustiosa de que algo malo iba a ocurrir.
    -Esos son cuentos de viejas, Bosco, parece mentira en un hombre ilustrado como usted.
    -No te burles, al palpito hay que escucharlo decía mi abuela ¿no te acuerdas?
    -Sí, me acuerdo perfectamente.
    -Bien, pues hoy he tenido un mal presagio que inevitablemente me ha hecho recordarla.
    -Está bien recordar pero no podemos dejarnos llevar por la angustia.
    -Si algo me ocurriese, si mi destino fuese desgraciado.....tú te harías cargo de mi familia y de La Pedralta ¿verdad?
    -Estoy comenzando a ponerme nervioso, no sé a qué viene esta conversación.
    -Tenemos que estar preparados para lo que el destino nos tenga preparado, por eso te lo digo Maximiliano.
    -Yo no pienso en eso, la verdad, somos jóvenes y no nos faltan las fuerzas para trabajar ni el sustento ¿a qué pensar en esas cosas?.
    -No has contestado a mi pregunta ¿te harías cargo de los míos?
    -La duda ofende, claro que lo haría pero no me gusta escucharlo hablar así, tiene una mujer muy buena y una niña sana y feliz. Le aseguro que ya es mucho más de lo que tienen otros.
    -Lo sé, posiblemente tengas razón, no me hagas mucho caso.
    Maximiliano da por concluida la velada y abandona el cómodo sillón dándole las buenas noches al tiempo que mueve pesaroso la cabeza. No le gusta verlo tan melancólico y cree que piensa en exceso en lo que está por venir pero no ha llegado todavía.
    Bosco lo acompaña hasta la salida y le da una palmada en la espalda antes de que emprenda su marcha hasta la pequeña casa de adobe que hace ya algún tiempo se convirtió en su hogar.

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  22. 23.
    Han pasado ya muchos años de aquella noche y Maximiliano comprende ahora cuanta razón albergaban las palabras de Bosco.
    El destino se encargó de hacerlas realidad de una forma dolorosa y cruel dando un giro dramático a las vidas de todos ellos.
    La normalidad pareció regresar de nuevo a La Pedralta y la convivencia entre Engracia y la señorita Luz se convirtió en un ignorarse mutuamente con algún enfrentamiento esporádico y soterrado entre ellas pero nunca en presencia de doña Josefina y por supuesto, en ausencia siempre de don Bosco.
    Por supuesto que no atendió a la recomendación de su hermana y su cuñado para regresar a la ciudad donde nadie la esperaba y nadie la echaba de menos.
    Por tanto, se tragó su orgullo e intentó adaptarse a las condiciones que le ofrecía un lugar que le resultaba inhóspito pero que al mismo tiempo le permitía mantener cubiertas sus necesidades básicas.
    Contaba dos años Julia cuando llegaron al mundo las mellizas Josefina y Pilar convirtiendo la casa en un auténtico manicomio acentuado con el nacimiento un año más tarde de una cuarta niña que recibió el nombre de Beatriz.
    En la búsqueda del ansiado niño se encontraron dos años más tarde con la última de las niñas Hidalgo. Mariana nació nueve meses antes de la tragedia que sacudió La Pedralta un viernes del mes de enero envolviendo a todos ellos en una especie de velo negro que nunca consiguió desaparecer del todo.
    Era costumbre de Bosco regresar los viernes a la finca a la hora de la comida y ese día le esperaban como siempre sin sospechar las horas de angustia que vivirían más tarde.
    En vista de su tardanza y sin caer en el alarmismo. Josefina y Engracia dieron de comer a las cuatro niñas mayores pensando que algún asunto de última hora sería el causante de su retraso.
    A las cuatro de la tarde llegó uno de los caballos del coche de Bosco a los alrededores de la casa con las bridas rotas y totalmente desbocado.
    La alarma fue inmediata en Engracia que supo en ese preciso momento que algo malo había sucedido. Buscó desesperada a Maximiliano que estaba inmerso en la siembra de la cebada a unos tres kilómetros de la casa y que al verla llegar demudada experimentó una sacudida premonitoria.
    -¿Qué ocurre?
    -El caballo.....
    -¿Qué caballo? Tranquilízate Engracia.
    -Uno de los caballos del coche de Bosco.... ha llegado desbocado y con las bridas rotas.
    No necesita más explicaciones y se desprende del gran cesto de esparto que lleva colgado a su hombro con la simiente de la siembra. El cesto cae al suelo derramando su contenido en la tierra recién arada y ambos emprenden una loca carrera en dirección a la casa.
    Maximiliano intenta tranquilizar al caballo hasta que consigue que el animal permita que inspeccione su boca observando sangre en ella debido a sus desesperados intentos por desprenderse de sus ataduras.
    No dice nada ante la cara expectante de doña Josefina que refleja una gran preocupación y se lleva el caballo a las cuadras. Minutos más tarde sale a lomos de otro de los caballos cabalgando a toda velocidad por el mismo caminopor el que debería haber regresado Bosco.
    Casi una hora más tarde pudieron ver a la escasa luz que quedaba del día invernal la silueta del hombre montado en el caballo. Su paso es lento y no es hasta casi llegar a la puerta misma de la casa que pueden comprobar que no viene solo.
    Atravesado en la parte delantera del caballo está colocado un cuerpo inmóvil que él lleva sujeto con una de sus manos. El grito lacerante de doña Josefina parece taladrar su cabeza y hacerlo volver a la realidad.
    Baja del caballo y sujeta entre sus brazos el cadáver de don Bosco que apenas conserva ya vestigio alguno de calor a causa de las bajas temperaturas y con el en sus brazos se dirige en silencio hasta la puerta de entrada .

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  23. 24.
    No quiere recordar más. La herida que la muerte de don Bosco provocó en su corazón nunca terminó de cicatrizar del todo y los días y las noches que se sucedieron a su desgraciada muerte todavía permanecen frescas en su mente como si hubieran ocurrido hacía ya más de veinte años.
    Sin embargo Maximiliano si gusta de recrearse en los años previos a su fallecimiento. Las cinco niñas crecían felices y sanas bajo los atentos cuidados de su madre y de Engracia.
    La señorita Luz siempre mantenía las distancias con casi todos y tan sólo la pequeña Beatriz lograba captar su atención.
    La advertencia de su cuñado amenazando con llevarla de nuevo a Ciudad Real si persistía en su actitud respecto a Engracia pareció surtir efecto y se mantenía en un discreto segundo plano que se rompió en mil pedazos cuando conoció a Don Rafael Caballero Rodas.
    Los Caballero eran linderos de los Hidalgo y ambas fincas tenían una extensión similar aunque la de los Hidalgo era más rica en agua. Algo que había provocado ciertos roces en el pasado entre los anteriores propietarios.
    Pero Bosco había sabido convivir con el genio algo vivo de don Rafael, quien tenía fama de furibundo y no muy dado a reflexionar las cosas antes de llevarlas a cabo.
    No era El Tejar la principal fuente de sus ingresos y por tanto las diferencias con los Hidalgo respecto al reparto del agua se mantenía en un ligero tira y afloja.
    Don Rafael era un hombre de unos cuarenta y cinco años y con un porte distinguido que había hecho estragos en su juventud entre las jóvenes casaderas de la comarca. Mujeriego impenitente y poco dado a mantener la fidelidad debida a su esposa.
    Doña Rosalía Mesada sabía perfectamente de las andanzas de su marido y sin embargo las toleraba porque durante toda su vida había estado ciegamente enamorada de él. Amor en cierta manera correspondido por don Rafael que jamás se había planteado la posibilidad de abandonar a su esposa y madre de sus dos hijos.
    Le era infiel de manera descarada pero su hogar era sagrado para él. Sus aventuras siempre las mantenía lejos de su casa y nunca eran relaciones que perdurasen en el tiempo ni que dejasen huella en su corazón.
    También la delicada salud de doña Rosalía le obligaba a ser más precavido y discreto. Una dolencia cardíaca limitaba mucho su vida diaria y él tenía buen cuidado de no ocasionarle ningún disgusto.
    No permanecían en El Tejar todo el tiempo que a don Rafael le gustaría por esa misma circunstancia
    al necesitar su mujer una constante vigilancia médica que sólo podía obtener en Ciudad Real.
    Allí tenía la consulta su médico de toda la vida y muchas veces ni siquiera acompañaba a su marido cuando este pasaba unos días en la finca.
    La atención a sus dos hijos también era necesaria a pesar de ser estos mayorcitos. El mayor de ellos ya tenía diecinueve años y se preparaba para ser sacerdote en el futuro con el consiguiente disgusto para su padre que no desistía en su empeño para hacerle cambiar de idea.
    Hombre descreído y escéptico respecto a la religión en contraposición con las profundas creencias religiosas de su esposa.
    Pero nada pudo hacer a pesar de su empeño en hacerle cambiar de opinión y el dulce y tranquilo Valentín continuó en el seminario haciendo oídos sordos a las quejas de su padre que muchas veces se convertían en improperios.
    Volvió entonces sus ojos don Rafael hacía el casi adolescente Rafaelito que a sus catorce años se veía claramente que heredaría el porte distinguido de su padre.
    Rafaelito era un chico moreno y de grandes ojos oscuros con una mirada penetrante impropia de su corta edad. Era espigado y delgado con unas piernas largas que auguraban que superaría la estatura elevada de su padre.
    Muy estudioso y responsable, se convirtió en la esperanza de su padre para ponerse al frente de los lucrativos negocios familiares cuando alcanzara la mayoría de edad.
    Era por ellos que permanecía doña Rosalía en la cómoda casa de la capital y no acompañaba a su marido en sus frecuentes visitas al campo.

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  24. 25.
    Don Rafael visitaba la casa de los Hidalgo en algunas ocasiones para tratar con Bosco asuntos relacionados con las tierras. No cejaba en su empeño para que éste le vendiera unos terrenos que unían ambas propiedades y que le podían reportar el agua que escaseaba en sus fructíferas tierras.
    Fructíferas por ser de mejor calidad que las de La Pedralta pero menos rentables por la falta de agua.
    La oferta era tentadora e incrementada a cada año que pasaba. Un dinero que en realidad no le hacía falta y por ese motivo declinaba su ofrecimiento una y otra vez.
    En una de esas visitas conoció a la señorita Luz y de manera disimulada comenzó una especie de cortejo que ellos solos conocían. En una de las muy escasas conversaciones que mantenía con Engracia se atrevió a preguntarle por el galante vecino y su respuesta la sorprendió gratamente.
    Tuvo la suerte de que ese día tenía ganas de hablar y también la intención de mantener una relación cordial con ella para evitar sufrimientos a doña Josefina y el más mínimo disgusto a Bosco.
    También en su fuero interno debía reconocer que la señorita Luz le inspiraba cierta lástima por lo que de vulnerable tenía por su personalidad volátil y la soberbia que no le permitía ver más allá de sus narices.
    Por ese motivo le contó todo lo que quería saber acerca de sus vecinos sin dejar en ningún momento de frotar enérgicamente los muebles del comedor hasta sacarles brillo.
    Le habló de doña Rosalía, la conoció recién casada, cuando los niños eran pequeños y vivían prácticamente todo el año en El Tejar.
    Doña Juana mantenía una buena relación Con Doña Virtudes, la madre de don Rafael y se visitaban con frecuencia, visitas en las que ella acompañaba a doña Juana y recuerda especialmente los dulces que se servían en las meriendas que organizaban y cuyas recetas guarda ella como oro en paño.
    Cuando los niños crecieron se trasladaron a Ciudad Real para que pudieran cursar sus estudios y la relación se fue distanciando. También el fallecimiento de doña Juana y doña Virtudes contribuyó a ese distanciamiento.
    Luego enfermó doña Rosalía y la había visto desde entonces en contadas ocasiones. Se enteró de la situación económica tan boyante con la que contaban y en su cabeza comenzó a sucederse una serie de entelequias que terminaron por situarla como señora del Tejar a la muerte no muy lejana de su actual señora.
    Nadie en La Pedralta llegó a sospechar durante ese verano que los largos paseos de la señorita Luz y que duraban horas no eran debidos a una repentina admiración por el paisaje que ahora de repente había descubierto.
    Las tres niñas daban un trabajo ingente y tanto su madre como Engracia se repartían las tareas para atenderlas. Por ese motivo quizá no se percataron de lo que ella se traía entre manos con sus entradas y salidas durante todo ese cálido verano.
    La señorita Luz cayó rendida a los galanteos de un experto don Rafael que se encaprichó de la juventud y la ambición que intuyó en ella de inmediato.
    Creyó equivocadamente que se ocuparía de ella y ya se veía viviendo en una bonita casa con comodidades y servicio, ejerciendo de señora que es para lo que había nacido.
    Entre los brazos del hombre que le enseñó lo que un hombre y una mujer podían hacer en la cama, en esos mismos brazos comenzó a fantasear con el día en el que al fin abandonaría la casa de su hermana dejando a todos muy claro todas las humillaciones que había tenido que soportar.
    Con esa esperanza transcurrió todo el verano con encuentros furtivos e intensos siempre a espaldas de todos los que los conocían y con el engaño que toda infidelidad conlleva.
    Apenas comenzado el otoño cuando los días eran más cortos y el frío hacía su aparición, la señorita Luz supo que estaba embarazada y el alborozo se instaló en todo su ser. Hacía ya casi un mes que no había vuelto a ver a su amante pero eso no le preocupaba porque albergaba en su seno a su hijo y eso era garantía más que suficiente.

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  25. 26.
    Garantía rota en mil pedazos cuando recibieron esa tarde la noticia por boca de un impresionado Bosco. Llegó cabizbajo a la casa para pasar el fin de semana con su familia, algo extraño dado que siempre traía una amplia sonrisa en su cara nada más parar el coche frente a la puerta.
    Esa tarde sin embargo su gesto era sombrío y su mujer sospechó nada más verle que algo malo había sucedido.
    La pequeña Julia entró a saludar a su padre en brazos de Engracia en tanto las mellizas dormían en dos capazos contiguos. La señorita Luz apenas levantó los ojos del bordado que ocupaba sus manos cuando él hizo su entrada en el espacioso comedor.
    Cogió de brazos de Engracia a la pequeña que ya contaba dos años y se asomó a los capazos donde las dos diminutas criaturas dormían tranquilamente.
    El parto se había adelantado y las niñas pesaron apenas dos kilos al nacer. Al principio pensaron que no sobrevivirían dado su tamaño y su fragilidad pero se equivocaron de plano.
    A Julia la amantó su madre sin ningún problema pero con las mellizas apenas tenía leche para una de ellas. Engracia no se lo pensó dos veces y mandó a Maximiliano enganchar uno de los carros y le pidió que la acercara hasta el pueblo.
    Estuvo haciendo averiguaciones acerca de alguna parturienta reciente que hubiera perdido a su hijo y tuvo suerte porque la dueña de la posada la encaminó hasta la casa de una sobrina suya cuya hija había tenido un niño muerto dos noches antes.
    Lo habían mantenido callado porque la muchacha era soltera y ya que la criatura llegó al mundo sin vida, pues no era cosa de andar pregonándolo.
    La chica era bastante joven y rolliza, se la veía saludable y sobre todo poseía unos pechos que parecieran que iban a hacerle estallar el vestido en cualquier momento.
    La puso al tanto del nacimiento de las dos mellizas algo prematuras y le propuso ayudar a su madre para amamantarlas.
    Ni ella, ni su familia lo pensó un instante y dos horas más tarde regresaban con ella y sus pocas pertenencias a La Pedralta. Maximiliano la acomodó en la parte trasera del carro y el camino de regreso lo realizó con sumo cuidado por el poco tiempo transcurrido desde el parto y sorteando todos los baches y piedras del camino.
    El alivio fue general en la casa cuando llegó el ama de cría y las dos hambrientas pequeñas se aferraron con desesperación a su pecho. Su leche era abundante y sin duda de muy buena calidad puesto que ninguna de las dos quiso saber ya nada del pecho de su madre y comenzaron a ganar peso de manera sorprendente.
    Cierto era que Engracia se ocupa de procurarle a la muchacha una alimentación abundante y rica. Los pucheros hervían al fuego durante horas con el condimento indispensable y siempre con una gallina en su interior, que según su criterio era lo que mejor caldo hacía.
    También le obligaba beber un vaso de vino con cada comida ante las reticencias de Josefina que pensaba que no era adecuado. Reticencias siempre expresadas de manera delicada por la señora que había aprendido a confiar ciegamente en la criada en todo lo referente al hogar y sobre todo al cuidado de sus hijas.
    Habían cumplido cinco meses y no habían enfermado ni una sola vez en este tiempo.
    Bosco se retiró de los capazos y se sentó al lado de Josefina con Julia sobre sus rodillas. Tres criaturas tan pequeñas en tan poco tiempo le habían hecho madurar a pasos agigantados y la preocupación no lo abandonaba en ningún momento del día.
    -Pareces cansado, Bosco ¿mucho trabajo esta semana?.
    -Lo normal...
    -No sé, parece que algo te preocupe.
    -Anoche sucedió algo que me ha mantenido aturdido todo el día.
    -No me asustes, ¿qué ocurrió?.
    -Asaltaron de madrugada a Rafael Caballero.
    -¿Lo hirieron?

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  26. 27.
    -Lo mataron..... Josefina.
    -¿Cómo que lo mataron?
    -Así mismo como te lo estoy contando, le robaron el reloj y el dinero dejándolo malherido en la calle, cuando llegaron a socorrerlo ya era tarde.
    El aro de madera del bordado de Luz al caer al suelo les recuerda que no están solos. La intensa palidez de su cuñada al escuchar la noticia hace que entregue la niña a su madre y corra justo a tiempo de evitar que su cuerpo aterrice contra el piso.
    Tendida sobre su cama a donde la llevó Bosco ayudado por Engracia. La señorita Luz recupera poco a poco la conciencia y observa la infinita ternura con la que Engracia refresca sus sienes pasando un suave trozo de tela húmeda por su tersa piel.
    El nudo en su garganta no le permite articular palabra pero si puede alargar su mano aferrando la muñeca de la criada que se la queda mirando sorprendida.
    -Gracias....Engracia....
    -Tranquila, ha sido un desvanecimiento por la impresión, nada más.
    Cierra los ojos y se abandona a la semiinconsciencia que es lo único que puede ayudarla en este momento dramático. Ninguno de sus planes le ha salido nunca bien y ahora que se las prometía tan felices a la espera de un hijo que le resolviera su vida, se encuentra con que este hijo se la hundirá para siempre.
    -Engracia....
    -Estoy aquí, dígame.
    -Llame a mi hermana por favor, necesito hablar con ella.
    -No se preocupe, me marcho y le aviso para que suba.
    -No, quédese usted también, quiero hablar con las dos....por favor.
    Ha tomado la decisión, por primera vez en su